
uando el rey Carlos III ofreció un discurso el 27 de mayo durante el inicio del periodo de sesiones del Parlamento de Canadá en Québec, hubo críticos que vieron una paradoja en el hecho de que en sus palabras el monarca inglés reivindicara la «soberanía» del país norteamericano.
«Honestamente, el hecho de que [el primer ministro] Mark Carney haya dado el primer paso para traer al soberano de un país extranjero para reafirmar la soberanía y la identidad canadienses demuestra un nivel indescriptible de desconexión con los quebequenses y nuestra historia», se quejó Paul St-Pierre Plamondon, líder del Partido Quebequense, que aboga por la separación de esa provincia francófona de Canadá.
Sin embargo, numerosos medios y analistas no pusieron su foco en la supuesta paradoja y, más bien, interpretaron esa reivindicación de la soberanía canadiense como algo que no estaba relacionado con la antigua metrópoli colonial, sino como un mensaje a Estados Unidos, cuyo presidente, Donald Trump, cuestionó en los últimos meses la independencia de Canadá, diciendo en repetidas ocasiones que debería ser el estado 51 estadounidense.
Bajo esta perspectiva, la visita de Carlos III formó parte de la respuesta de Canadá a Trump.
Impacto revolucionario
Además de estar unidos por la frontera terrestre más larga del planeta -unos 8.893 kilómetros-, EE.UU. y Canadá tienen en común importantes coincidencias históricas, pues ambos países fueron creados en territorios arrebatados por los colonizadores europeos a los aborígenes.
Posteriormente, ambas naciones han seguido creciendo gracias a la inmigración y se han convertido en modernas sociedades multirraciales, con economías desarrolladas y con una alta calidad de vida.
A pesar de estas similitudes, a lo largo de su evolución estos Estados vecinos han tomado senderos políticos y culturales distintos.
Entre las causas de esas diferencias, algunos apuntan a un elemento histórico: el mantenimiento del vínculo (en el caso de Canadá) o la ruptura (en el de EE.UU.) con la monarquía británica.
Esa fue una diferencia fundacional pues, de hecho, en el momento de crearse Estados Unidos hubo personas que migraron desde esa naciente nación hacia Canadá, precisamente debido a que querían seguir siendo leales a la Corona.
La guerra de independencia estadounidense, además, dejaría una marca duradera.
«Canadá es un país en el que nunca ha habido una revolución como la de Estados Unidos. Hubo una revuelta entre 1837 y 1838 en lo que hoy es parte de Ontario, pero no fue un intento de romper con la monarquía, sino de democratizar el sistema», cuenta Daniel Béland, director del Instituto McGill para el Estudio de Canadá y profesor de Ciencias Políticas en la Universidad McGill, en conversación con BBC Mundo.
«No nos separamos de Reino Unido como lo hizo Estados Unidos. Y eso también forma parte de nuestra cultura política, más centrada en la paz, el orden y el buen gobierno que en este tipo de individualismo a ultranza en el que el Estado se percibe como una amenaza a la libertad. Hay quienes en Canadá piensan así, pero no es tan fuerte como en Estados Unidos», agrega.
Béland recuerda que en la década de 1990, el sociólogo y politólogo estadounidense Seymour Martin Lipset publicó un libro en el que comparaba a ambos países y desarrollaba una tesis según la cual una de las principales diferencias entre estos era que, luego de la llamada Revolución estadounidense (guerra de independencia), EE.UU. desarrolló una cultura política más radical, caracterizada -entre otras cosas- por tener posturas contrarias al Estado y al gobierno.
«En Estados Unidos existe una cultura política con un fuerte énfasis en la libertad, especialmente la libertad personal, hasta un punto que no se encuentra en Reino Unido ni en Canadá. Reino Unido también ejerció una fuerte influencia en EE.UU., pero ese país desarrolló una cultura y un sistema político completamente nuevos después de su independencia. Mientras tanto, Canadá decidió modificar gradualmente algunas cosas, pero nunca se separó de Reino Unido, lo que significa, por supuesto, que la influencia británica ha sido más duradera que en Estados Unidos», apunta.
«Canadá, a diferencia de EE.UU., desarrolló un enfoque de las políticas públicas que prioriza la necesidad de la redistribución, de la solidaridad, de la ciudadanía compartida e incluso de políticas universales que protejan a todos, como la atención médica», agrega.










