
Manoguayabo, Santo Domingo. Con la misma humildad con la que dominó el montículo, Pedro Martínez regresa al centro del escenario, no para lanzar una recta a 98 millas, sino para compartir la historia que lo convirtió en leyenda.

“Era chiquito, flaco y sin pinta de pelotero”, recordó entre risas y emoción durante su conversación con Yayo Pinto, “pero por dentro ardía un fuego que nadie veía”. Ese fuego lo llevó desde una casa de madera en San Miguel hasta lo más alto del béisbol mundial, desafiando etiquetas, prejuicios y obstáculos.
Pedro confesó que no se sintió Grandes Ligas hasta que tuvo éxito real, pese a haber roto todos los récords en las ligas menores. “Ahí tú eres uno más, todo el que está en Grandes Ligas es como tú”, explicó. La llamada que lo subió a los Dodgers fue solo el inicio de un trayecto forjado con terquedad, talento y una fe inquebrantable.
La verdadera transformación llegó en el Juego de Estrellas de 1996, cuando “Barry Bonds, Ken Griffey Jr. y Cal Ripken” querían tomarse fotos con él. Ese fue el momento exacto en que Pedro dejó de ser “el hermano de Ramón” y Ramón pasó a ser “el hermano de Pedro”.
Uno de los momentos más dolorosos, dijo, fue la derrota contra los Yankees en 2003. “Ese juego me partió el alma”, confesó. Pero sin esa caída, no habría habido redención en 2004. “Misión cumplida”, murmuró al entregar el trofeo a Ellis Burks. Él fue parte de los 25 que rompieron la maldición de Boston.
Sobre su cercanía con Dios, explicó que su espiritualidad no solo lo sostuvo, sino que le dio propósito. “El éxito sin amor ni respeto no sirve.
Hay que amar lo que se hace y hacerlo con humildad”. Su fundación, que nació en 1998, es un reflejo de ese compromiso: “Cada vez que le doy una oportunidad a un niño, le devuelvo lo que una vez me negaron”.

Hoy, su legado se extiende más allá de las estadísticas. “Ni yo mismo sabía algunos de mis récords”, admitió. Pero lo que sí tiene claro es que Felipe Alou fue quien, por primera vez, confió en él sin condiciones. “Me dijo: tú eres mi abridor sin tirar una bola”. Ese voto de confianza marcó su destino.
Al hablar de Juan Soto, Fernando Tatis, Vladimir Guerrero Jr. y otros talentos dominicanos, Pedro los ve con esperanza, pero también con exigencia: “Tienen que combinarlo todo: habilidades, salud, carácter y amor por el juego”.










